Vericueto : Lugar o sitio áspero, alto y quebrado, por donde no se puede andar sino con dificultad.
Decir: Manifestar con palabras el pensamiento.

Bienvenidos a mi nuevo intento, el último quizás, de contar esta historia. Esto es un laboratorio de escritura, que quede claro. Publico según escribo, sin revisión ni corrección, con lo cual no es improbable que haya contradicciones o incongruencias, idas y vueltas, en fin, como en la vida.

martes, 7 de septiembre de 2010

Vericueto 18: Iniciación







Escribo en mi cuarto de hoy, en una Mac pequeña y blanca. Cuatro dormitorios más habité, en distintas casas, desde aquél que me esforcé tanto en decorar a mi gusto.
La memoria de aquel tiempo inocente me parece ajena y, sin embargo, sé que son míos esos recuerdos, imágenes de la “yo burguesa” que alguna vez fui, antes de la yo trabajo, yo lamento, yo heroina, yo enfermera, yo... Tantos yo en una misma existencia es esquizofrénico, admito. La miro a través del recuerdo y me pregunto si ella ya sabría lo que vendría después. Creo que sí. Intuía de algún modo eso de que venimos a sufrir y se preguntaba cuándo le tocaría y bajo qué forma. No era posible que todo fuera tan armonioso, tan disneylandia en su vida. Una hija sana y bella que ya cumplía dos años y otro más, de camino, acaso un varón. Aquí decimos “un varón” y no un “niño”, o “una mujer”, pero no una “niña” porque eso suena raro. Decir un “nene” es de otro estrato social; o una “chancleta”, se lo dice en broma. Pavadas que asumimos. Como esa de no decir “coche” sino “auto”, o evitar religiosamente tachar algo de “rojo” cuando la convención de este pequeño planeta estúpido es calificarlo de “colorado”.

La luz era buena y llegaba desde un único ventanal que miraba al este. Eso fue lo que Carmela vio en la casa. No le importó que no tuviera mucho jardín. Había sido varias veces refaccionada, era evidente. De la construcción original, solo quedaban los muros de la planta baja y esos baldosones coloniales del salón que le parecieron maravillosos. También las ventanas, más altas que anchas, con vitrales. Los baños estaban bien, también la cocina y los dormitorios de la segunda planta eran amplios. Parecía perfecta. Sobre todo, ese cuarto inmenso en que había sido convertido el ático al elevar los techos, ideal para salón de juegos, ideal también para poner su atelier. 
Eduardo estuvo de acuerdo, a regañadientes. No le gustaba demasiado el barrio. El había vivido toda la vida en pisos, en la capital y venirse a una casa de las afueras, en Lomas nada menos, lo deprimía un poco. Tendría que viajar a diario hasta la capital por su trabajo y, en las horas pico, la Panamericana era un calvario. 
En fin, que compraron la casa. Con el tiempo, sonoramente la apodarían el castillo, por los vitrales de las ventanas y por el muro redondo que rodeaba la escalera principal, abarcando las tres plantas. Desde el exterior,  tenía un aspecto de torre del homenaje, como los castillos de verdad. Y allí comerían perdices, para rimar con la felicidad que no sabían que tenían. Porque, cuando uno es joven y feliz, le parece natural y no anda reflexionando sobre el asunto. 
Pero, en la cima alcanzada sin demasiado esfuerzo, la pérdida de ese embarazo fue para Carmela el traspié que hizo desprender la primera piedra real. Ella, desgarrada, la contempló perderse en el abismo. 

Cursaba ya el quinto mes cuando empezaron las hemorragias, inexplicables, o no. Tal vez, por aquel viaje para acompañar a Eduardo, en una camioneta sin amortiguación, caminos imposibles de la campiña, a puro pozo y salto. Una inconsciencia, claro, que siguió a la discusión del nunca-vienes-conmigo, del eso- no-es-cierto-y-lo-sabes. Odió el enojo y el portazo de Eduardo ofendido, pero corrió por las escaleras para detenerlo y volver a ser complaciente con él, que sí te acompaño, no te pongas así, en diez minutos estoy lista. Torpezas de juventud.
Así pudo haber comenzado, claro, el dolor que la llevó a guardar cama inútilmente durante unos días y, después, a la internación de urgencia una noche, para luego ver, en la ecografía, que no, que felizmente estaba bien, que viera, señora, cómo se chupaba el dedito el bebé, un varoncito. 
Ahí decidí que se llamaría Francisco. 
Carmela manchaba las sábanas y la cambiaban cada hora, pero él resistía, a pesar de los espasmos casi insoportables en el vientre. Medicación intravenosa y quietud completa en el espléndido cuarto de la maternidad donde, en otras habitaciones había recién nacidos con sus mamás felices. No recuerda ahora Carmela cuántos días duró aquello. Le traían a Delfina chiquita, para que la viera, pero su hija no quería besarla siquiera, tan feo sería para ella el cuadro de su mamá en una cama, conectada a un goteo de litros de medicamento para retener a Francisco dentro de ella. 

Una mañana, durante el desayuno opíparo que me servían en la clínica, dejé de sentir dolor y pensé que por fin todo estaba bien.

La siguiente escena es la del médico que, en baja voz, viene a explicarle que ya está, que si el embarazo no estuviera tan avanzado, harían sencillamente un raspaje, pero que prefería intentar otro método, provocar un parto. Puñetazo directo dicho con toda la suavidad del mundo. Eso, claro, si conseguían una droga difícil de obtener, porque en Argentina estaba prohibida, por abortiva, lógicamente. Veré si un médico amigo me la puede enviar desde Alemania, pero no esperaremos mucho, por peligro de infección, usted comprende. Y si no, qué? Carmela no entendía o no quería entender. La memoria es esquiva y hasta hoy le confunde las horas y los detalles. Sí recuerda haber visto, por la puerta entreabierta de su habitación a una mujer rubia, con su enorme panza de nueve meses, metiéndose en la habitación de enfrente. Y recuerda haber sentido envidia al verla, o una enorme lástima de sí misma, o las dos cosas, antes de que Eduardo entrara triunfal casi, con un frasquito en la mano.
La había conseguido, entre sus veterinarios amigos, a la droga ésa. Claro que en una dosis para vacas, qué gracioso eso, servirá igual, dijo el médico que 
encontrarían la proporción. Era extraño. Algo estaba pasando a su alrededor, pensó Carmela, que nada tenía que ver con ella.
Otro día entero de goteo, pero ahora para expulsar, para abrir la salida a lo que está adentro pudriéndose ahora. Su cuerpo, que se resiste a la entrega, y todos los dolores que se confunden en uno solo. Piensa en la mujer del cuarto de al lado, en si ya habrá tenido a su bebé. Le pregunta por ella a la enfermera que entró a tomarle la temperatura. 
-No habrá bebe ahí- balbuceó la mujer sin mirarla–. Es patológico, por malformación.
Carmela piensa que esa mujer esperó nueve meses para esto mismo que ella, y llora entonces con una especie de culpa. Lagrimea mansamente en la cama, con el corazón que se me sale del pecho, no lo oyen? Es normal, señora, la taquicardia es un efecto secundario, pero está todo bajo control. Eduardo está a su lado y le aferra la mano. Delfi está en el jardín maternal, todo está bien. Se deja llevar entonces, siente cómo la suben a una camilla y la trasladan por los pasillos donde todas las puertas tienen colgadas sus cintas, celestes o rosas. 

No recordaré en detalle la truculencia de haber despertado de la anestesia antes de lo esperado, en la misma sala de partos, para ver, entre tinieblas, la bolsa plástica, enorme que contenía lo que de mí había salido y que iría a estudio, para saber el inútil porqué y confirmarme que era Francisco.

Carmela, delgada, larga y anémica, se enervaría con los consuelos convencionales que después le llegaron de afuera.
Me decían las mismas razones que hubiera esgrimido yo, seguramente. Que era triste sí, pero eran cosas que pasaban, normales, que casi todas las mujeres pierden un embarazo alguna vez, que no me angustiara tanto, que viera todas las cosas bonitas que tenía, que yo era tan joven todavía, que la tenía a Delfi, un sueño de chiquita y que pronto tendría otro bebe. Hubo incluso quien se atrevió a comentar resignadamente que así era la vida, para sugerir enseguida que diera gracias a Dios, porque en lugar del embarazo hubiera podido perder a Delfina. El argumento de la tragedia de la que escapaste. Hay gente imbécil en todos lados. No era un embarazo, dejen de llamarlo así, era Francisco.
Carmela se rebeló, no quería palabras que intentaran reconfortarla ni razones que le impidieran entregarse a ese dolor tan suyo y tan legítimo, porque tampoco quería otro hijo, sino ése preciso y único que ya no tendría. 

lunes, 6 de septiembre de 2010

Vericueto 16 (el que faltaba): el último de esos sueños.


Ya no hubo desprendimientos después del último, allá por los años en que Carmela ya estaba casada con Eduardo y esperaba su segundo hijo. Ese que perdió quién sabe por qué, nadie se lo explicó nunca, porque hay razones médicas, pero que no explican lo sustancial de las pérdidas, o sea, por qué hay que perder algo que uno ha cuidado tanto.

Había tenido muchos de esos falsos sueños que la ponían tan nerviosa por no poder controlarlos. Había aprendido a identificar cómo empezaba el asunto: como un cosquilleo en las manos mientras se iba quedando dormida, como si pesara cien kilos, se hundía en el colchón de puro cansada que estaba de correr el día entero con Delfina chiquita, el trabajo, la limpieza de la casa. Aprendió a evitarlos también, apenas empezaban, dándose una vuelta violenta en la cama que rompía el hechizo y alarmaba a Eduardo que grunía por qué demonios tenés que moverte tanto y pegarme patadas, además. Pero aun así, había veces, en que la sensación de hormigueo volvía y muy pronto andaba su cuerpo, supuestamente celeste, dando bocanadas para no despegarse del único cuerpo que a ciencia cierta conocía.

Había consultado el tema y alguna amiga, una que hacía yoga y estaba en esas cuestiones orientaloides que tan difícilmente cuajaban en su planeta aburguesado, le comentó que muy probablemente no era un sueño lo que tenía sino un desprendimiento astral. Y le dio un libro de Shirley McLaine que Carmela interrumpió a la tercera página. Ese abandono de lo que consideraba una soberana estupidez, fue contemporáneo, justamente, a la última pesadilla. Estaba, como dije, embarazada de un hijo que no llegaría a tener, y cómodamente instalada en una bonita casa de tres pisos que nunca terminaba de decorar, con un auto propio en el garaje y un ovejero en el jardín con piscina. Una vida amable y previsible, alejada de la pintura y las disquisiciones intelectuales y cercana al paddle de los fines de semana en un club tan selecto como aburrido.

El mundo exterior, fuera del perímetro del barrio cerrado en que vivía, era un decorado a veces incómodo de contemplar con el que solamente tomaba contacto a través de los libros, donde las miserias y la muerte eran cuestiones que le pasaban a otros, seres todos de ficción parecidos a esos reales que decían habitaban a mil metros del parrillero de su casa. Carmela no miraba la televisión ni leía periódicos, y los cuentos de los pequeños padecimientos ajenos que venían de bocas amigas, todas jóvenes todavía, eran la porción necesaria de amargura para compartir y mitigar el pudor que sentía por tener una vida tan fácil

Después de ese vuelo de cortísimo alcance, en el que Carmela se vio los propios brazos como haces de luz y alcanzó a sentarse en la cama mientras se dejaba seguir durmiendo a las espaldas, qué locura era ésa y qué ese imán en las cervicales que la inmovilizaba y le impedía salirse de sí misma, pero sí cayó de costado al piso alfombrado de su cuarto, cayó es un decir porque ella seguiría en su cama y lo que fuera no pudo darse vuelta y mirarla, pero eso que también era ella, sin duda, vio, debajo de la cama, el papel de caramelo Sugus que habría deslizado seguramente su hijita Delfina; después digo, de esa batalla infructuosa por dejarse ir, a ver qué sucedía, ya no hubo naufragios corporales, desdoblamientos ni asfixias. Había exorcizado su voluntad subconciente de dividirse para observarse, porque bien posicionada estaba ya en la vida real, el espejo le devolvía una imagen conocida y eso le alcanzaba.


domingo, 5 de septiembre de 2010

Vericueto 17: epifanía

Había llovido en Buenos Aires, torrencialmente, la tormenta de Santa Rosa, puntual este año, decía la portada de La Nación en la pantalla. Dato nada banal para ella, por muy lejos que estuviera ahora. Carmela sabe que esa furia del invierno moribundo abrirá otra vez, un tiempo en suspenso. Septiembre, el ombligo del año. Todo lo que pase antes o después es tiempo que fluye, pero septiembre tiene un tránsito peculiar para ella, un espacio en alerta, un tiempo temido.

Abre ahora la ventana al día algo nublado de Paris y expone la cara a la brisa fresca de la mañana. El otoño de este hemisferio se anuncia, es indudable. La calidad de la luz ha declinado y hay un olor a patio de escuela en el aire. Siente alivio. Aquí, septiembre no es el mes de la primavera y solo por eso, por haberse alejado en la geografía, se disuelve en algo el temor supersticioso.
Un cuervo, de esos que abundan en las plazas de la ciudad, destroza con su pico un trocito de alguna cosa sobre un tejado. Maître Corbeau sigue siempre en algún lado. Carmela sonríe y rodea con la mirada el paisaje desde su ventana. 

Todo está en su lugar y yo estoy aquí, en otro septiembre.

Parte de la ceremonia ritual con la que siempre busca exorcizar la inquietud es intentar septiembres más antiguos: los de su infancia. Pero no hay rastros de ellos en su memoria. No había entonces ninguna celebración familiar, ningún aniversario de nada y, salvo el 21, día de la primavera y del estudiante en su país, nada importante revestía ese mes sin feriados nacionales en sus rigurosos treinta días. Septiembre solo fue septiembre mucho después, se dice sin palabras a sí misma y cierra la ventana porque le da un ataque de estornudos y le lloran los ojos, un poco de alergia en el cambio de estación, un leve resfrío o tal vez algo peor, a ver si todavía me pesco una gripe de estas tan terribles que hay ahora.

Quién sabe por qué le pasan estas cosas a Carmela. Tan racional ella siempre y sentir, sin embargo, el espasmo de septiembre cada año desde, ella calcula- especula-, el atentado a las torres gemelas un año; el accidente de Eduardo, al siguiente;  la peor de las internaciones, en otro; su síncope cardíaco, en otro más. “Si paso septiembre, todo está bien”, bromeaba él mirando el almanaque colgado en la cocina. Era la broma con sabor a conjuro, la cábala de todos los años que duró el calvario, decir “hay que pasar septiembre” o “que septiembre pase rápido”, distraerse y despistar a al mes maligno, durante el cual crecía la tensión de estar vigilantes cada día, esperando el anochecer para meterse en la cama, como si eso fuera una pequeña victoria y luego, no dormir sino de a ratos, deseando el amanecer con impaciencia, como si no hubiera otra cosa más importante que hacer más que arrancar una nueva hojita del calendario cada mañana, felices de haber despertado, pero expectantes por lo que ese nuevo día pudiera depararles, intuición de la que no se hablaba abiertamente jamás, como no fuera con esa chanza que Eduardo esgrimía durante el desayuno, con una sonrisa al principio, o desde su cama más tarde, con un hilo de voz, si paso septiembre.

Carmela ejercita con frecuencia, voluntariamente, sus memorias, pero siempre las ve en sepia y conoce la nostalgia buena, la melancolía sin reclamos, la casi satisfacción de propietaria que suelen generarle. Pero desde que Eduardo murió, el último día de un septiembre, todas las imágenes de esos años reflotan con cierta virulencia, sin pedir permiso de evocación y con frescura de recién nacidas. Acusa al noveno mes del año (paradoja, la de llevar ese nombre de sietemesino cuando su ubicación denuncia gestación completa) por ese poder actualizador que le renueva la congoja de lo que no pudo ser. Saltan las lágrimas no lloradas del todo jamás por la misma puerta que les abrió la alergia o el resfrío que se pescó al abrir diariamente su ventana imprudente al otoño que se avecina. Saben saladas en su boca, saben a añoranza y un poquito a rabia todavía, cargadas de porqués, de planteos subjuntivos, de blasfemias, que no sirven para nada, ella lo sabe, pero que normalmente le suavizan un poco la rebelión indomable que siente frente a la fugacidad, la fragilidad, la muerte. El sin-sentido es como un carozo que se te atasca en la garganta y no pasa por más esfuerzos que uno haga para tragarlo. Carmela se indigna y llora, que ni tan siquiera estos recuerdos, tan míos, son confiables, porque la memoria es igual que la vista: lo deforma todo. No recordamos nada real, no vemos nada real. Es demasiado pedir resignarse a que nada es lo que creo o que todo sea solamente lo que parece. La amenaza de la irrealidad sobre la realidad es devastadora para el espíritu. 

Ya se vas de mambo otra vez, Carmela. Estabas en la evocación de los septiembres dolorosos de la enfermedad y muerte de Eduardo. Es lógico que te acuerdes porque empieza otro septiembre. Pero te preparás el ánimo sin darte cuenta.  Te desestabiliza el azar.  No le busques explicaciones difíciles a lo que es mera casualidad. Nada hay de temer en septiembre ni en ningún otro mes del año.

Pero el mecanismo ya echó a andar y es imposible detenerlo. Por qué sucedió lo que sucedió, qué podría haberse cambiado, evitado, qué no hice o por qué hice lo que hice... toda la misma sanata inútil para lo que es irreversible. Para no cometer los mismos errores, decía papá; lo importante es cómo reaccionamos frente a lo que ocurre, decía mamá. Porque no es lo único buscar causalidad en la hilación de los acontecimientos, sino las conexiones profundas que puede haber con otros orígenes, encontrar eso que nos lleva a reiterar maníacamente las mismas conductas. Lo que pasa por debajo de las cosas y tiene raíces insospechadas. Carmela le da, entonces, a su pensamiento una doble dirección. Escudriña todo sincrónica y diacrónicamente, como en las clases de lingüística, que todo es, al final y al cabo, relato y según sea el relato que nos hacemos. Yo me cuento, tú te cuentas, él se cuenta, y la realidad objetiva es solo que hay un otro, que también fabula sus propios cuentos, pero es inabordable para mí, el otro. 

Estoy sola de toda soledad en esto que me cuento me sucedió o me sucede. Todos lo estamos. Pero eso no es lo más dramático. Lo más desesperante es que para seguir adelante, me fundo en mi relato como si fuera real. Y no lo es. Toda historia tiene una base de barro que se derrite con la lluvia de los días.

Pero esta vez, en este septiembre alejado, frente a los mismos interrogantes, algo extraño sucederá. Las mismas preguntas sin respuesta se desprenderán por un instante de su esclerótico encandenamiento y se asociarán en un orden nuevo. Ya no involucran solo a esas vivencias dolorosas sino a toda su vida, desde los septiembres sin memoria de su infancia hasta el que ya no verá. El pensamiento se llena súbitamente de una comprensión sin respuestas. Carmela no entiende por qué entiende, en realidad.  La lucidez la hiere con una epifanía inesperada, en septiembre y en Paris, pero podría ser también en otro lado y en otra época del año. 

Ella de pronto ve, y ve que es bueno, más aun, que todo era bueno, y había sido hasta perfecto. La trama es uniforme y blanda, aun con los agujeros insondables que siempre tuvo. No se dará cuenta tampoco de que ahora era bueno y perfecto porque sencillamente había aceptado alguna cosa. Pasó el carozo y no sé muy bien cómo, se dirá maravillada. Aceptar podía ser una manera de comprender, una forma superior de entendimiento, una especie de iluminación. Era una lástima que uno no pueda aceptar algo a voluntad; una pena que tampoco pudiera eso explicarse. 

Ya se ocuparía otro día de escudriñar si había habido o no algún elemento inadvertido que desencadenara tal serenidad luminosa que parecía revestirlo todo. Su pensamiento nada un rato en esas aguas mansas y le parece que en su habitación hay como un olor de estreno, una dimensión inaugural. Ya no es éste un tiempo agorero, sino sagrado, un fuera del tiempo más bien, que contiene todas las cosas, todas las imágenes y las voces, con todos sus interrogantes que no molestan, un tiempo propicio para la refundación anual, acaso cósmológica, de ese pequeño planeta llamado Carmela.


miércoles, 16 de junio de 2010

Vericueto 15: profundidades en el metro

En el metro siempre es de noche y los rostros verdean un poco bajo la luz tan blanca, impiadosa para las arrugas. Por eso, seguramente la mujer rubia era menor que ella misma, pensó Carmela y dio vuelta la cabeza hacia la ventanilla, para mirar la noche del túnel, a través de las gafas oscuras, y se cruzó de brazos, se hundió en la butaca, como para esconderse de esos pensamientos.  A ella no la preocupaba la vejez por cuestiones estéticas o sexuales. Si quería verse joven era para poder pensar que todavía estaba lejos la decadencia espantosa que ahora veía en su propia madre. Nada sería que uno se olvidara de las cosas si eso no le generara tanta angustia. Beba lloraba por teléfono porque no encontraba sus llaves, que seguramente alguien había escondido para mortificarla, esa bruja que me pusiste de empleada y no me gusta nada, porque faltan cosas en la casa y es ella, estoy segura, ella, que además come y come el día entero y a mí, ni un té me sirve, te lo digo a vos, querida, esta mujer es ladrona, se le ve en la cara y yo no la soporto y le voy a decir que se vaya. Y era la cuarta o la quinta empleada en el año, porque una robaba, la otra no le hablaba, la otra la quería matar  y a todas las echaba. A veces era tan convincente, su madre, que uno terminaba por creerle, como cuando hicieron la denuncia del robo de un anillo que yo no lo uso jamás, siempre lo dejo en su estuche, ni para mirarlo siquiera, me lo regaló tu padre y a veces me gusta mirarlo, pero ya no lo uso, jamás me lo pongo, ni para salir porque fijáte que ahora se me cae, de tan flaca que me he puesto. Y después del revuelo de la policía que interrogó a la pobre Angustias, qué nombre tiene esa mujer, me deprime, es mejor que se vaya, el anillo apareció en el costurero.

El replandor de la estación Chatelet en la ventanilla y el metro que ralentaba la marcha la hicieron saltar de su banqueta. Otra vez se había pasado, dos estaciones, y ya llegaba tarde a su cita con el terapeuta, otra vez con la cabeza en cualquiera cosa menos en lo que tenía que estar. Manoteó su bolso y se sobresaltó al no encontrar enseguida el otro bolsito con el pequeño perfume que había comprado en Séphora, me lo robaron seguro, qué imbécil que soy, lo que le produjo una angustia repentina. Miró a todos lados,  soy una distraída y me lo robaron, se palpó los bolsillos del tapado y se calmó al revisar su bolso y encontrarlo ahí.  Se abrieron las puertas del metro y empezó a descender mucha gente mientras otro montón esperaba para subir. En Chatelet siempre había un recambio fuerte. Claro, si lo había sacado del bolsito porque era incómodo cargarlo, reflexionó saliendo lentamente. Era buena esa costumbre de no empujar que había aprendido en París. Siempre había tiempo de salir del metro, era misterioso eso, especialmente en las horas pico, si uno está lejos de la puerta, pero siempre se abría un hueco por donde escurrirse, sin necesidad de perdir permiso ni abalanzarse sobre el de adelante. Un alivio lo del perfume, lo había guardado ella misma en el fondo del bolso para que no entorpeciera el manejo de la billetera y otras cosas,  qué tontería no estar conciente de lo que uno hace cuando lo hace. Tal vez era así que empezaba el asunto temido, el de la vejez.

Vericueto 14: profundidades del metro

Fue tan inesperado como cortés, el ofrecimiento de esa chica, pero Carmela se esforzó en sonreír y se sentó. Después miró hacia arriba y vio la publicidad de un instituto de inglés: una cara bonita abriendo la boca y mostrando una lengua pintada con los colores de la bandera británica. Bajó la mirada y la reposó en el rostro de una mujer que iba sentada frente a ella ahora, una mujer que tendría unos cincuenta o no, quizás un poco más, por cómo iba vestida y por cómo las mejillas se le habían caído ya un poco.  Carmela abrió su bolso y buscó las gafas negras. Era tonto ponerse gafas negras dentro del metro, pero eso le permitía mirar a gusto a la gente, a las mujeres, sobre todo, porque esa mujer de la cara ligeramente caída y los labios apretados la había descubierto contemplándola y eso no era cortés.  En realidad, la mujer tenía la boca relajada, pero ya se le insinuaban esas arruguitas sobre el labio, esos trazos finitos y radiales que dejan los muchos besos que uno da en la vida, los muchos zumos de naranja que se aspiran por una pajita y los litros de mate que me tomé durante años, sorbiendo de la bombilla y sin pensar que ese hábito inocente convertiría mi boca pulposa en un ano fruncido. Alguien le comentó una vez que eso se resolvía ahora con unas inyecciones de colágeno, o con un rellenado, mejor. Pero Carmela desdeñaba esos recursos, porque para ella, no había nada más inútil que una batalla contra el tiempo, nada más antiestético que los rostros patéticos sin edad. Esa mujer rubia, teñida claro, pero rubia desde la piel clara y los ojos tan azules, era, sin duda, seis o siete años mayor que ella. O quizás no. Carmela se preguntó si los demás la verían a ella igual que ella a esa mujer, de la misma edad, se entiende. Era obvio que esa colegiala que le acababa de dar el asiento lo hizo con una cortesía selectiva, un poco gremial y nada espontánea, porque se bajó de inmediato en la siguiente estación, y ya se sabe que hoy día, no hay caballeros que le ofrezcan el asiento a una dama. Pero no porque ella pareciera una vieja, no. De hecho, Carmela estaba segura de que se veía más joven que esa mujer rubia de la cara caída. Aunque, muchas veces le ocurría eso, de pensar que otra era mayor que ella y después descubrir que no, que eran de la misma edad. Puede uno ser tan ciega frente al propio espejo? Es que no vale mirarse al espejo para buscar la evidencia, porque el espejo te miente siempre; como el del cuento de Blancanieves, todos los espejos mienten y nos devuelven el mismo rostro conocido que no vemos envejecer, especialmente si lo miramos sin gafas.  Misericordiosa presbicia que te aleja de la realidad, que pone una niebla entre tu ojo y esas arrugas que te araron los enojos y los duelos. Otra cosa es una foto, las fotos son despiadadamente honestas y te evidencian que ya estás pasadita, Carmela, aunque de tanto en tanto algún señor se dé la vuelta para mirarte. Son señores bien viejos los que te miran ahora y desde hace mucho. Ahí se da cuenta una mujer de cómo luce, en cuáles miradas atrae. Hasta no hace mucho, si es que quince años son poca cosa, había hasta piropos en la calle. Pero las costumbres cambian y los hombres ya no piropean a las chicas. Así que esa chica que le acababa de dar el asiento, porque se bajaba enseguida y no porque ella pareciera una vieja, era una pobre chica que seguramente ignorará siempre la adrenalina del susurro, melodioso y algo procaz, de un perfecto desconocido en la calle.

Vericueto 13: vuelta a la historia de Carmela


Mamá se enojó conmigo en Londres porque no la dejaba comprar nada según ella, y yo ya nos veía pagando una fortuna de sobrepeso en el viaje de vuelta. No es que ella fuera muy gastadora, sino que ya empezaba a revelarse en mí esta relación difícil con el dinero que no comprendo todavía. Ahora que vivo en París, una tentación de boutiques para cualquiera, sigo siendo estúpidamente reacia a comprar cualquier cosa que no sea comida. Tengo con la comida una especie de tara de postguerra. Las alacenas y la nevera deben estar siempre bien surtidas. Toda otra inversión, por mínima que sea, me produce una sensación absurda de culpa.

La relación con Roberto acabó el mismo día en que regresaron a Buenos Aires. En realidad, él tampoco la había extrañado mucho. Solo se habían enviado un par de cartas con variada información, un beso grande y ningún te quiero. Fue casi un alivio para Carmela que esa primera noche, él le diera de inmediato pie para tratar la cuestión de que se llevaban bien, pero algo demasiado esencial les faltaba. Estuvieron en un todo de acuerdo, decidieron acabar limpiamente el asunto y terminaron la velada tomándose un Nesquik con masitas en la cocina. Carmela lo despidió sin darle la bufanda inglesa que le había traído de regalo, hasta pronto y buena suerte, y se fue a dormir, con el alma cargada de la depresión post-viaje para consolarse con la reserva de una fantasía loca que guardaba desde la última semana en España.

Porque cuando terminó el periplo de Polvani, en Madrid, despidieron a Lourdes en el aeropuerto  con todos los demás del grupo que regresaban a Buenos Aires. Y ellas dos se quedaron. Carmela estaba tan fascinada con todo lo que había visto que desde hacía quince días, le insistía a Beba para que no se volvieran sin conocer Andalucía y visitar a los familiares de Vigo, dos destinos que no  habían estado incluidos en la excursión y que era una verdadera pena no hacer, ya que estarían en España. Beba extrañaba ya tanto a su marido y su hijo, que lloriqueaba por los rincones, pero imposible resistirse a la elocuencia y poder de convencimiento de Carmela. Un llamado telefónico a Buenos Aires suavizó algo la nostalgia de Beba y en Niza, recibieron el cable habilitador de parte del padre con el envío de dos mil dólares extra a cobrar en el Banco Central de Madrid, cuando llegaran a España, final del viaje.

Es un cuento de hadas hecho realidad, de acuerdo, pero eso es una verdadera lástima, porque magia y realidad no se llevan, Carmela. Te lo he dicho infinidad de veces. No por nada los cuentos terminan en el amor feliz y nada cuentan de lo que viene después, cuando el príncipe arrancado al anfíbico hechizo, se reconvierte en algo peor que el simpático sapo, en un señor barrigón que ronca, tiene un humor de los mil demonios cada mañana y tiene el pésimo gusto de encamarse con una colega del estudio. Todas sabemos eso porque la verdad es que ninguna es tampoco la princesa bellísima y suave del cuento por más que un tiempo breve. Los cuentos de hadas tienen forzosamente que permanecer fuera de la realidad so pena de perder eficacia. 


Le doy lugar a la hipótesis de que la realidad no es unívoca. Postulemos que hay varios estratos de realidades que conviven en paralelo y que, por quién sabe qué mecanismo se manifiesta a veces en esto que llamamos la vida real. Admitamos que lo que llamamos magia no es sino una realidad diferente que aparece de golpe, como la visión de otro plano que se inmiscuye en nuestro mundo palpable para desordenarnos de repente el asunto de vivir. Como si se abriera una puerta cortazariana a otra dimensión, puede ser también alguna de las de las de Alicia, una puerta que no sabíamos estaba dentro de la casa que habitamos y decimos conocer tanto que podríamos caminarla con los ojos cerrados. 
Bien, que es posible, solo posible y no probable, que eso que llamamos intuición o pálpito en contraposición a lo que es logizable o razonado, no sea más que la percepción repentina de algo que se desarrolla en otro plano. Sé que esto es traducible en lenguaje matemático, desde luego, pero a mí nunca se me dio bien la física y mucho menos las matemáticas. En cuestión de multiuniverso o teorías de cuerdas y supercuerdas, estoy frita. 

lunes, 7 de junio de 2010