Vericueto : Lugar o sitio áspero, alto y quebrado, por donde no se puede andar sino con dificultad.
Decir: Manifestar con palabras el pensamiento.

Bienvenidos a mi nuevo intento, el último quizás, de contar esta historia. Esto es un laboratorio de escritura, que quede claro. Publico según escribo, sin revisión ni corrección, con lo cual no es improbable que haya contradicciones o incongruencias, idas y vueltas, en fin, como en la vida.

martes, 13 de abril de 2010

Vericueto 11: Extracto del diario de Carmela



Es de noche y todos duermen en casa. Salvo yo, naturalmente.
Estaba en la cama y daba vueltas y vueltas sin conseguir el sueño. Como hago para casi todo. Doy vueltas. Y nada consigo salvo mareos. Condición femenina, sin duda, me digo desde el machismo ése que aprendemos las mujeres para disculpar  nuestras idioteces.
Idioteces.
Pero voy a hablar de mis virtudes.
No soy ninguna idiota. Más aún, soy bastante inteligente. Claro que se puede ser ambas cosas. Inteligente e idiota. No son excluyentes.
Me gusta ser inteligente. Y también, idiota. Es algo natural y cómodo, si se lo mira con buenos ojos.
Tengo una inteligencia veloz. Creo que  esto se me reveló a partir de una irremediable curiosidad por casi todo, sufro de una tara enciclopédica. El conocimiento fue engordando en base a la acumulación de información y ahora eso que llamo inteligencia veloz opera por simple asociación de datos. Sé muchas cosas y padezco de buena memoria. Soy buena para las fechas, por ejemplo, y ello me salvó en más de un examen escolar. Combino bien esos datos que se enquistan con ferocidad en los pliegues de mi cerebro. Impresiono a la gente con eso. Y me causa gracia que la mayoría llame inteligencia al hecho de ser simplemente, memoriosa.  Pero como nadie sabe en realidad qué sea la inteligencia, cualquier acierto puede pasar por ella. Refuerzo ese don con el hábito de una mirada alerta e inquisitiva y  un humor algo mordaz. Es suficiente para engañar a cualquiera sobre mi enorme potencial jamás actualizado en nada de valía.
Por otro lado, tengo una idiotez completamente vulgar y es lo que me une a la humanidad de la que formo parte. Aprecio especialmente mi idiotez –mucho más quizás que mi inteligencia- porque me hace sentir acompañada en este mundo. Debe ser terrible la soledad de una lucidez invulnerable.

Recuerdo de infancia 1

Ema, Elisa y León eran un trío inseparable. Llegaban siempre juntos y en ese orden recorrían con soltura el camino de entrada a mi casa.
Elisa y León eran matrimonio y Ema, hermana de Elisa. Todos eran viejos. León, salvo por su aspecto extemporáneamente atlético, lucía una vejez convencional: calvo, sordo, robusto y, cuando reía, le brillaba una corona de oro en alguno de los molares. Ema y Elisa eran distinguidas y vestían siempre impecables trajes en colores pastel. Al verlas, una podía imaginar una belleza antigua en sus rostros finos y ojos muy azules. Elisa tenía el gesto que deja una vida feliz. Era dócil y risueña y acataba con sumisión resignada el carácter autoritario de Ema, ceño fruncido siempre.
Habían sido muy bonitas las dos, según mi abuela. Y asombrosamente cultos, los tres. León era francés y décadas de vida en Argentina no habían vulnerado el hábito de su lengua materna ni la sana costumbre de caminar muchas cuadras cada día.
Creo que la amiga de mi abuela era Ema. Los otros asumieron esa amistad por parentesco, del mismo modo que se sumaron a la vida acomodada de Ema.Vivían juntos en un piso en Belgrano y tenían una casa quinta enorme sobre la Avenida Libertador, en Martínez, herencia del marido al que Ema nunca amó. Me casaron, dicen que decía, y uno podía suponer que su belleza rubia y delicada había sido el anzuelo para el cincuentón millonario que nunca pudo resignarse a no ser amado y que encontró la forma de vengarse de tanto desamor al quedar postrado. Pobre Ema, decía mi abuela cuando ella no estaba, claro. Y contaba cómo ella había querido divorciarse, pero que un tío mío, sacerdote, le rogó que no lo hiciera, que si no continuaba por amor, que al menos lo hiciera por caridad. Y Ema se aguantó años de penurias, ironías y malos tratos hasta que el hombre murió dejándole una fortuna y el alma definitivamente agriada..
Elisa, mucho más delgada que su hermana, era terriblemente divertida. Tenía una paciencia infinita para la audición imposible de León. Y era la encargada de abrir su cartera de cuero claro y extraer la bolsa de caramelos Sugus, la mayoría de menta, para nuestro disgusto. Se reía viéndonos repartir los azules y amarillos que pudiéramos rescatar de entre tantos verdes
Veraneaban en Mar del Plata, en una casa cercana a la iglesia de Stella Maris. No iban a la playa jamás, pero nos visitaban a menudo en el apartamento que mis padres tenían sobre la avenida Independencia. León se sentaba muy derecho, siempre con esa sonrisa ausente de los sordos, ignorando completamente las alabanzas que Ema y Elisa hacían de su enorme resistencia física.
Porque desde siempre, León había sido un gran caminador. E insistían en que el secreto de su longevidad estaba en sus caminatas diarias. 
El último verano de su vida, había alcanzado las noventa cuadras de ida y de vuelta hasta el Faro.


Vericueto 10

A su regreso, Carmela me contó que, de todos, los italianos eran los más guapos y atrevidos, que se avergonzó muchísimo el día que, en un restaurante, un genovés la sacó a bailar el tango que la orquesta empezó a tocar porque había argentinos en las mesas, y ella debió excusarse con que no sabía bailarlo;  que Giusseppe, el guía, después de su intentona con ella, la emprendió con otra del grupo, una cordobesa de más de treinta, soltera la pobre, que se consoló mal con el guapísimo florentino quien resultó casado y con tres hijos, confesión hecha pública entre lágrimas por la cordobesa, en una mesa de café en Viena, cuando todos asumían que el romance era promisorio, tan evidente había sido que se habían pasado tres noches consecutivas hechas en Bruselas, Amsterdam y Colonia, durmiendo juntos. También me contó de las dos parejas de homosexuales, dos ellos y dos ellas, que eran los más divertidos del grupo, siempre dispuestos a una copa más en algún bar. Lo más estresante había sido la situación con un otro del grupo, del cual no quiso darme el nombre pero sí que era entrerriano, que viajaba con su mujer, de luna de miel, ya viejos los dos, como de cuarenta casi, según Carmela. Parece que este señor le empezó a hacer ojitos, a enviar florcitas arrancadas en los jardines públicos, a susurrar piropos al oído cuando se lo cruzaba, o apretarse disimuladamente a ella cuando subían en un ascensor donde sobraba lugar, todo frente al evidente mal humor de su novel esposa. Carmela lo ignoraba con una sonrisa ingenua, no me doy cuenta de nada, no capto, no te entiendo, en lugar de ponerle una buena cara de culo, o un viejo verdolaga qué te pasa, que es lo que se debe hacer en esos casos. 

Lourdes lo pasó bien en Europa, aunque no le interesaron mucho los museos ni las catedrales y prefiriera salir de compras. Esa era la locura nacional en el extranjero porque en aquel tiempo todo le parecía una ganga al bolsillo argentino. Carmela se negaba a perder tiempo en las galerías y era Beba quien, en las tardes libres o incluso renunciando a algunas excursiones, salía a gastar los gaucho-dólares con Lourdes. Gracias a eso, Carmela conserva todavía algunos recuerdos más elogiables que las tarjetitas de los hoteles donde estuvieron y las trescientas fotografías que tomó, a saber: un impermeable de Aquascutum, un camisón Barbisson y un buzo de antílope al que Beba no pudo resistirse en Venecia. Los pendientes de coral y plata que, sí, ella misma se compró en Roma, se perdieron al igual que todas las servilletitas de papel de los bares y las diapositivas compradas en los kioskos. Las fotos fueron tomadas con una Kodak Pocket de la época, a color y en 9 por 9. Me parece que todavía las guarda, pero no puedo asegurar que no hayan sucumbido a alguna de las periódicas purgas que la aligeran de responsabilidades, como dice ella.

lunes, 12 de abril de 2010

Vericueto 9

En cambio, yo disfruté del viaje desde que me senté en la butaca clase turista, al lado de la ventanilla, para ver Buenos Aires desde arriba, en ese día magnífico de marzo en que comenzaba la aventura más inimaginada y fantástica de mi vida hasta entonces. Mi padre, que nada me negaba y financiaba la aventura Polvani como regalo de cumpleaños, había quedado en casa con Aníbal, solitos los hombres de mi vida y de la mi madre. No cuento a Roberto, con el que todavía estaba de novia. La excitación que me producía la idea de cruzar el Atlántico era insoportable y parloteaba incesantemente sobre las maravillas que íbamos a ver y anotaba todas las impresiones en mi cuaderno de viaje. A pesar del tranquilizante, mamá sufría con cada pequeña turbulencia. Lourdes casi no probó bocado y me desayuné, almorcé y merendé sus porciones con la voracidad que me distingue. Sé que me dormí porque al abrir los ojos ya era de día otra vez y por la ventanilla del avión, se dibujaba, de un verdor terroso y perfecta como en los mapas, la península ibérica. Madrid nos esperaba con cero grado de temperatura, según el anuncio del piloto. Abrí mi cuaderno y apunté también el dato, nada insignificante cuando se viene del tórrido verano porteño.

Te la pasaste escribiendo el viaje entero, Carmela. No te dormías hasta las dos de la mañana para ponerlo todo, y eso que se levantaban siempre tempranísimo, porque el tiempo era poco para ver tanta cosa en tan veloces cuarenta y cinco días que duró el viaje. Llevabas un enamoramiento literario de Londres, pero hiciste el amor con Paris y no te perdías ocasión de flirtear con el guía guapísimo para rechazarlo indignada cuando se atrevió a invitarte a una copa a su habitación en Florencia. Era obvio eso en vos, que siempre te enamorabas de uno pero amabas a otro y que jugabas a la modernosa liberal cuando sos tan conservadora y anticuada como tu nombre. Lloraste de emoción, o por sorpresa más bien tres veces. Una, frente a un cuadro del Greco, El Entierro del Conde de Orgaz que no esperabas ver en una iglesia, por lo cual te encontró desprevenida; otra, frente a la aparición del David, descomunal, al final de una sala en la que te deslizaste por una puerta lateral, curioseando no más, sin saber que allí estaría. Y la tercera, a mares, con hipos de niña perdida, a la salida de un lugar al que no esperabas ir ni tampoco encontrar lo que encontraste.
Carmela lloraba ante las emociones, estéticas o no, que la pillaban por sorpresa. Los ojos siempre se le humedecían un poco en el cine o mirando las noticias, pero lo que se dice llorar, no la he visto llorar jamás frente a lo que para ella era previsible. Y casi todo era para ella derivable. Únicamente lo fortuito le imponía un latigazo de desconcierto que la descontrolaba.



Es mentira, Carmela. No tenés el más mínimo pudor para el llanto y te hacés todavía más lejana. Tal vez porque te gusta mostrarte misteriosa y leíste una vez que el país de las lágrimas es tan misterioso! Llorás por cada tontera, hija mía, que cuando de verdad necesites de las lágrimas, te las habrás gastado todas. Y como no se puede sino llorar frente a ciertas cosas, llorarás por otro lado. No desperdicies ahora tanta agua, que sos todavía tan joven, a pesar de esos ojos de mujer antigua que te puso la naturaleza en la cara. Es desconcertante esa mirada de veterana de guerra que tenés a los veinte años, nena. Qué ojos vas a tener para después de las batallas, entonces?

Vericueto 8





Su tiempo de facultad habrá sido muy agradable para ella, buscadora de la verdad con mayúscula, porque no hay verdades sino una verdad profunda en todas las cosas, repetía, que debe necesariamente coincidir y ser la misma porque todo está relacionado y en relación con ella. Todo para Carmela debía coincidir en algún punto, todo estaba entramado en un orden que la inteligencia descubría con paciencia y trabajo. Por esa logicidad extrema, la idea del azar le incomodaba, tanto como la seducía desentrañar lo que debe aceptarse como misterio.

-Hasta la Santísima Trinidad es una cuestión logizable.
-Ajá?
-Considerando las dos potencias espirituales, inteligencia y voluntad, que poseemos los hombres y que también posee Dios.
-Ajá...
-Si en Dios hubiera más potencias, sería más imperfecto que el hombre y eso no es concebible siendo que se trata de Dios.
-Ajá...
-Y tampoco puede tener una única potencia Dios, ya que inteligencia y voluntad son irreductibles.
-Che, Carmela, cuándo es que te vas?
-El 15 de marzo, a las cinco de la tarde.

Se iba de viaje, con su madre y con Lourdes, a la que habían convencido de ir también, para que se distrajera un poco, si es que era posible distraerse del hecho de que tu novio se mate en un accidente de moto veinticinco días antes de tu boda. Lourdes no tenía ganas ni de levantarse por las mañanas desde hacía dos meses, el día en que la llamaron por teléfono para informarle que ya no iba a casarse con Hernán. O no fue eso lo que le dijeron, pero fue lo que ella entendió antes de pegar el grito que le desgarró la vida en dos, antes y después de Hernán. Aunque, para decir verdad, no habría después mucho en su vida. Bien, que ésa es otra historia y solo cuenta aquí que fue Lourdes quien acompañó a Carmela y a Beba en aquel viaje a Europa.

Era la época del gaucho-dólar, ése que instauró uno de los tantos ministros de economía geniales que supimos conseguir en la Argentina y que le permitió a mucha gente comprarse dos televisores a precio de uno en Miami, degustar el jamón de cerdos holandeses, mucho más rico y barato que el de los chanchos de la granjas bonaerenses; y viajar en avión por primera vez en la vida. No, no primera vez. Carmela había viajado ya en un Comet 4, de Comodoro Rivadavia a Buenos Aires, pero tenía entonces cuatro años y de ese vuelo solo recordaba el llanto de su madre, que tenía pánico al avión. Esta vez, viajarían en un Boeing 747 de Aerolíneas Argentinas y Beba anestesiaría el pavor con un Valium 10 mientras Lourdes rezaría, durante las once horas de vuelo, para que el avión se cayera y se terminara de una vez por todas esa vida de mierda sin Hernán.

Vericueto 7: los sueños

La primera parte del secreto tiene que ver con una especie de pesadilla que Carmela decía tener a menudo. No era un sueño exactamente, pero así lo definía, como un sueño. Carmela soñaba que dormía y era desesperante porque la sensación de lucidez era tan vívida que deseaba despertarse a sí misma. Veía su escritorio, la silla, el cuadro que colgaba del muro, la alfombrita azul y sus pantuflas. Oía la voz de su abuela, que vivía con ellos por ese entonces, rezando en la habitación de al lado. Todo era tan real como si estuviera despierta, pero ella no podía moverse, se veía el brazo inerte a lo largo del torso y el montículo de la manta ocultando sus pies al final de la propia cama, y la inmovilidad completa de su propio cuerpo. Veía todo eso y no lograba avisarse a sí misma que no era lógico estar así cuando estaba despierta. Lo peor es que no alcanzaba nunca a verse entera, en esa posición horizontal y paralítica de la pesadilla. Sabía que estaba allí, pero no se veía y, entonces, no estaba segura de ser. El esfuerzo por despertarse era tan herculeo que le mezquinaba el aire, sentía se ahogaba, gritaba para que alguien viniera a moverla, pero nadie venía porque la voz no salía de su garganta dormida, hasta que, en una especie de golpe repentino, lograba reincoporarse y abría los ojos, agitada y sudorosa, por el pánico de haberse creído muerta.


Esa pesadilla era relativamente frecuente en la adolescencia, tiempo en el que se reiteraban otros sueños más amables aunque también algo bizarros y que ella relataba con delicia en todos sus detalles. El de los dientes que se le pudrían dentro de la boca, se le desprendían de las encías y ella los escupía indefinidamente. Un sueño bastante común ése. El otro, el de que estaba parada en un patio de mármol, con las manos atadas en la espalda, frente a un pelotón de fusilamiento que hacía fuego y ella se sentía caer, sin dolor, sabiendo que se moría.
Había uno que recuerdo que me encantó, el de la chica vestida de azul que corría por una pradera de un verde cegador. Ese sueño se le repitió solo una vez, según ella, pero era bastante más largo que los otros.


Yo estaba sentada junto a una ventana, dentro de una especie de cabaña, me parece, y entraba un hombre alto, no muy joven, de pelo largo y oscuro anudado en una cola de caballo, vestido con una chaqueta y botas de cuero. Era alguien conocido para mí en el sueño, entraba y me miraba muy fijo con unos ojos muy azules. Los ojos se le destacaban mucho en el rostro moreno. Era una mirada muy tierna, como doliente, y me conmovía, pero también me amenazaba, como si hubiera venido a violarme o a matarme. Entonces, yo sentía que debía huir y salía corriendo por la puerta. Corría y corría por un parque muy verde. Había árboles algo lejos, como un bosque, y yo veía mis pies debajo de un vestido azul algo pesado que no me dejaba correr libremente, corría largo rato hasta que aparecía otra casa, con una puerta que yo abría precipitadamente para refugiarme ahí. Cerraba bien la puerta y, aliviada, me daba la vuelta. Entonces, me veía en un espejo de esos enormes, espejo de pie con marco de madera, creo. O quizás esto lo invento, lo del marco, pero era sí un espejo porque yo me veía. Y no era yo. No era yo! Era otra mujer la que veía, pequeña, bastante bonita, de pelo oscuro y rostro muy blanco, vestida sí con el mismo vestido azul. Era rarísimo verme en el espejo y ver a otra mujer, pero no sentía impresión ni miedo en el sueño. Lo mejor de ese sueño son los colores tan nítidos.
Y el viejo ése, te perseguía?
No sé. Creo que sí, creo que me perseguía al principio pero después, no. Después yo lograba evadirlo. No sé por qué corría yo, en realidad, porque el hombre ése me atraía mucho. Los ojos ésos, tan acuosos y tristes. Y no era viejo. Era como de cuarenta y pico, y yo, en el espejo tampoco parecía muy joven.


Una vez leí en un libro de Kundera, una frase que copio ahora, aunque no sé si es textual porque no la recuerdo de memoria. “Soledad: dulce ausencia de miradas”. Maravillosa definición. La mirada de los demás nos corporiza, nos actualiza o nos da existencia. Si nadie te mira es como que no sos del todo. Pero no alcanza con que te miren de pasada no más, por supuesto. Tienen que mirarte y, al hacerlo, distinguirte, claro. Una mirada que no ve no sirve. Un par de ojos se detiene en los tuyos una fracción de segundo más de lo prudente y es como que te hace renacer para alguien. Entonces, tu ser se corrobora y se afirma. La mirada toca, es el tacto primordial, ineludible antesala del decir. No se puede nombrar lo que no se ve de alguna manera. Las cosas existen porque alguien las ve. Por eso, creo ahora, que yo pintaba pupilas.

jueves, 8 de abril de 2010

Vericueto 6

Le costó olvidarse de Gustavo porque él tuvo la mala idea de invitarla, una vez, a un baile en el Colegio Militar. Lo hizo seguramente por cortesía, o porque consideró inofensivo el asunto, con una chica tanto menor, la hermanita de su amigo. Una fiesta maravillosa, de cuento de hadas. Gustavo, con su uniforme y yo, con un vestido vaporoso y azul, el pelo suelto y perfumada hasta lo indecible, una princesita. Bailamos, pero más que bailar, conversamos. A él le causó gracia cuando le dije que yo quería ser pensadora. Se rió y eso me molestó un poco. Creo que me puse roja cuando mirándome fijo, me respondió, mi princesita, que yo iba a casarme y tener hijos como cualquier chica bien y que no debía pensar tanto en los libros. El desagrado que me causó el comentario cedió frente a la errada intuición de que algo me sugería al hablarme, a mí nada menos, de matrimonio. Había muchas chicas que lo miraban porque era realmente alguien para ser mirado, pero él no parecía darse cuenta. Eso me generaba una especie de orgullo, que solo tuviera atención para los saludos y los breves intercambios con algún amigo. Y para mí, Cenicienta antes de la medianoche. Me llevó a ese baile, tardé en admitirlo, como un escudo para eventuales acechos de otras chicas y no sabía que estaba alimentando mi esperanza. Algo habrá sospechado, puesto que después, tardó en volver a visitarnos y cuando lo hizo, un par de veces no más, apenas me saludó, un poco nervioso, muy serio, para seguirme después con el rabillo del ojo. Interpreté otra cosa también y decidí animarlo. Lo perseguí un tiempo en una especie de in crescendo, a ritmo inverso de sus evasivas, cada vez menos corteses. Lo llamaba a su casa, le escribía cartas que pocas veces respondía, hasta que una vez, poco antes de que se volviera a su provincia de vacaciones, lo llamé y me atendió su tía. Señorita, deje de buscar a mi sobrino, que está comprometido con una señorita de Mendoza, me dijo la muy bruja. Y yo me morí de vergüenza y de la decepción, porque hasta entonces, no sabía. No llamé nunca más. Tampoco volvió a visitar a Aníbal, pero tuvo la delicadeza de no confesarle mi acoso. Me costó olvidarme y largo tiempo, lo busqué en todos los rostros.


Pero no era a Gustavo a quien Carmela buscaba, en realidad, no era la causa lo que deseaba sino sus efectos. Quería que se repitiera el gusto de esa fascinación, esa energía corporal de cada mañana, esos colores más vivos que parecen revestir todas las cosas, ese mundo reconciliado que solo se muestra a quien está enamorado. El primer regalo del amor parecía ser su efecto vitamínico; entonces, Carmela lo buscó en todos los rostros, y creyó verlo en algunos, pero, a cada intento, la ilusión se desvanecía ya con el primer abrazo y, muy pronto, sabía que había sido otro espejismo. Lo entendía en ese rechazo gástrico que le producían los besos de Roberto, de Federico, de Andrés. Olían hormonales y grasientos, a pesar del Paco Rabanne o el Eau de Sauvage o lo que fuera que se echaran encima.